jueves, 22 de mayo de 2008

El invierno de Chopin en Mallorca

Son contadas las ocasiones en las que me aventuro a leer en otra lengua que no sea el inglés, más allá de los periódicos y revistas, pero Aquel invierno de Chopin en Mallorca, de Aranzazu Miró, que es amiga mía, atrajo mi curiosidad por una de esas pequeñas casualidades que, reunidas, dan origen a cualquier novela de Auster.
Ya se habló aquí del viaje a Polonia, pero no se mencionó que uno de los recuerdos que nos trajimos la osa y yo fue precisamente una integral de las obras del compositor polaco, interpretadas por el pianista, también polaco, Rafal Blechacz ganador hace tres años del concurso de piano Chopin de Varsovia y en ese momento de moda.
La estancia de Fryderyk Chopin y George Sand en Mallorca es una de esas anécdotas de la historia tan bien sabidas como poco conocidas en realidad. No están los tiempos para leer libros de viajes de señoras del siglo XIX por parajes que no tienen nada que ver con los de hoy, aunque lleven el mismo nombre; y la relativización generalizada ha puesto en sordina la influencia que un lugar pueda tener sobre la creación de las obras de arte.
Pero la historia de esta peculiar pareja –llegaron a la isla como amantes, pero salieron como madre e hijo por la enfermedad del músico- bien vale la pena el esfuerzo. No sé tanto catalán como para poder juzgar los méritos estilísticos de la autora, pero si he podido enterarme bastante bien de lo que cuenta, es más probable que sea por cuenta de su claridad y limpieza antes que por mi atenta lectura.
Buena parte del libro incluye el análisis de los preludios del compositor; tampoco sé tanta música como para juzgarlo, pero sí para descubrir varias cosas que no sabía, a cuenta de la expresión, estructura y orígenes de estas hermosas piezas para piano y que pueden escucharse aquí, por ejemplo.
Leer en otra lengua tiene una ventaja añadida, además del respeto al original, que viene a ser como un caramelo, pues recuerda ese momento mágico de la infancia en el que las palabras son sólo sonidos más o menos hermosos a los que todavía hay que suponer un significado. Así, palabras como empolistrat, algo que la Sand dice en una novela a propósito de Chopin; o que las llegadas de los viajes sean a l’horabaixa, forman como un paisaje sonoro que he disfrutado mucho.
También he disfrutado de lo lindo con la ironía de la autora al referirse a George Sand: […]qui en qüestió d'amors funcionava amb una gran voluptuositat (p 22); […] Sens duote, és una dona impregnada en excés de l’esperit del romanticisme (p 115); y a la que no perdona el implacable relato que de la isla hace en su novela (Un invierno en Mallorca) y en sus memorias: un ajuste de cuentas con una Mallorca salvaje y muy atrasada de la que sólo el paisaje y el clima son extraordinarios.
Ironía que se extiende también al periodismo de hoy, aquejado del peor de los males: la ignorancia. […] I la composta a Mallorca -que no a Palma, malgrat no siga aquest el moment de renyar Chopin per un error de menció geogràfica de Palma por Mallorca al qual avui cauen fins i tot els suposadament ben formats periodistes de cadenes nacionals- [...] (p 133)
En fin, un libro entretenido, con muchos datos que desconocía, como la importante colaboración de Mendizábal (el de la desamortización) en el viaje; el singular experimento que llevó a cabo el músico Alfred Cortot, estudioso de Chopin, para demostrar que la sonoridad de la celda que ocuparon el músico y su piano no le hubiera permitido componer los preludios, sólo más bien corregirlos, lo que además era la práctica habitual del polaco; [...]la llegenda de l'ondina del llac, que sorgeix de las aigües per a contar la història de la ciutat enfonsada de Switez. (p 69); la historia de los pianos de Chopin en la isla; y las disputas sobre las celdas ocupadas efectivamente por los visitantes, polémica en la que Aránzazu Miró con buen sentido no entra, sólo explica y deja que sea el lector quien saque sus conclusiones. Aunque si yo fuera un mitómano, visitaría sin duda la celda número 4.
Sólo una pega. A despecho de su exhaustiva investigación y de los muchos textos consultados, nada dice Aránzazu en el libro de la razón fundamental por la que Chopin y la Sand viajaron a Mallorca entre puercos. No fue el clima ni la búsqueda de la tranquilidad, porque fueron las cocas de patata de Valldemossa, uno de los dulces más exquisitos de esta galaxia, la verdadera razón para vivir aquel invierno en Mallorca.

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