martes, 29 de septiembre de 2009

Elogio de la irreligión, de John Allen Paulos

Ayer, mientras terminaba de recoger las citas que más me interesaron de este sencillo, excelente y útil manual de ateísmo para quienes se inician en el proceloso arte de quitarse de en medio a los propagandistas religiosos, leí esta divertida frase "Dios me hizo ateo. ¿Quién eres tú para cuestionar su sabiduría?"; un poco en la línea del clásico "ateo gracias a dios" de Luis Buñuel. Porque al final, creer o no creer es una cuestión personal y frente al constante proselitismo del otro lado, no hay más remedio que seguir escribiendo, diciendo y explicando lo obvio. Con el respeto debido a las personas, por supuesto, pero también con la contundencia de los hechos y el pensamiento.
Es posible que la arquitectura mental de los humanos no esté hecha para asumir con facilidad que somos fruto del azar y que de nuestro paso por la Tierra, apenas si dejaremos más allá de unas moléculas de carbono, agua y algunos minerales. Aunque a los que escribimos nos guste pensar que podemos dejar un legado influyente en mayor o menor grado. Pero más allá de nuestros conocidos o descendientes directos, es difícil de creer que vayamos a ser otra cosa que las moléculas antedichas.
[…] la única certeza que podemos esperar es la certeza de la incertidumbre.
Según explica el matemático Allen Paulos, que se confiesa ateo desde muy niño, desglosa en tres partes los variados argumentos que las religiones utilizan para sostener la existencia de un Dios. Los argumentos están considerados como clásicos -el principio antrópico, el ontológico-; subjetivos -coincidencia, profecía-; y psicomatemáticos como el de la tendencia cognitiva o el de universalidad. Haciendo gala de mucho humor no exento de la displicencia necesaria, Allen compone un resumen muy interesante y actualizado del argumentario, por así decirlo, de los creyentes. Y todo ello sin caer en excesos ni descalificaciones:
[…] buena parte de la teología, me parece a mí, es una suerte de ilusionismo verbal.
Sin la erudición de Puente Ojea ni la rabia de Vallejo, Allen opta por el guante de seda y el uso de la filosofía y de las matemáticas -no muchas- para desmontar lo que, por mucho que se repita con solemnidad, no es más que una cháchara sin sentido.

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