jueves, 8 de abril de 2010

El Viajero Impertinente, de Percy Hopewell y Tomás García Yebra

Nada se gana como lector cuando se conocen las circunstancias en que se escribió un libro o se ha tenido trato con el autor. Ni las novelas de Pérez-Reverte mejoran por la mucha confianza que le tengo, ni las conversaciones de Hergé me van a resultar más conmovedoras que las peripecias de Tintín. Pero es verdad que en ocasiones, la cercanía con autor y obra puede embotar el juicio o comprometer la necesaria objetividad. Y ésta es una de esas ocasiones.
No puedo ser muy objetivo con este libro prologado por mi amigo Tomás García Yebra porque lo he visto concebir y hasta diría que pensar. He escuchado sus llamadas, compartido gestiones y despedido a su autor y a su alter ego al marcharse a los parajes que se describen en sus viajes. También lo he visto escribir, con la cara muy cerca de la pantalla del ordenador, concentrado pero atento a cualquier chascarrillo que se nos ocurriera a sus compañeros de redacción.
He visto a Tomás discutir ante la sombra del cierre con maquetadores y gentes de imprenta a propósito de un texto con más líneas de lo esperado, y a Percy reclamando unos minutos más para cotejar un dato o afinar una frase. Así que, sin ser una obra colectiva, sí tiene una génesis y un pasado detrás: cuando no existía el corta y pega.
Qué tiempos, en los que los directores eran valientes y te echaban a la calle a buscar historias que contar. Por eso, aunque sea incómodo o molesto, el diagnóstico del diseñador y analista de la World Association of Newspapers, Juan Antonio Giner, es tan certero. Pero hemos venido a hablar del libro de Percy.
Tomás, de quien he leído ya dos novelas y un trabajo de investigación sobre Cela que nunca dejaré de recomendar, escribe en castellano. No es español, es castellano. La suya es la lengua de los autores que todos citamos pero ninguno leemos, al menos con aprovechamiento. Es preciso, socarrón, a veces contundente, y la mirada de Percy Hopewell, es de una inocencia tierna y perpleja, nada suficiente.
Sus andanzas por la España de los últimos años del siglo pasado nos demuestran lo poco que hemos cambiado, más allá de unas cuantas infraestructuras más. El Viajero Impertinente es un relato amable pero no complaciente, que nos muestra desnudos bajo el traje de modernidad que vestimos para ser europeos. Un traje que nos queda bien a ratos, que tira de la sisa en otros y a la luz del sol tiene tonos inimaginables.
En fín, El viajero impertinente es un regalo, porque la edición es una pequeña maravilla, obra de la editorial Reino de Cordelia, que tiene al frente a Jesús Egido, un editor de esos a lo que gusta hacer maldades con los libros, según propia confesión. Las ilustraciones son de Anthony Garner, casi más inglés que el propio Percy, un artista que ha sabido captar a la perfección el espíritu de este singular y divertido libro de viajes.

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