miércoles, 29 de julio de 2009

La (des)educación, de Noam Chomsky

Pues ya de vuelta, y he leído menos de lo que pretendía, pero más de lo que esperaba. Empecemos.
Calculo que dentro de unos 50 años más o menos, Noam Chomsky ocupará el lugar que le corresponde en el panteón de los grandes genios humanos -sí, allá donde paran Darwin o Newton-, y con él, su intuición de que todos los lenguajes humanos tienen un sustrato gramático común, aunque todavía no hayamos sido capaces de descifrarlo. Pero espero que también figure entre sus méritos lo que hoy sólo es una extravagancia en opinión de sus compatriotas y, por supuesto, de los más poderosos de esos compatriotas.
Al margen de la lingüística, Chomsky lleva años denunciando la manipulación, los excesos y el descaro de la política exterior estadounidense, sin más armas que los libros y, sobre todo, los hechos y contradicciones permanentes entre lo que dicen y predican desde el Departamento de Estado, y lo que sus acciones representan y provocan. Aunque para algunos no sea más que un abuelo cascarrabias, lo cierto es que su mensaje, repartido a lo largo de decenas de libros es tan actual como el primer día: no es justo, ni democrático, ni humano que los occidentales sigamos permitiendo que millones de personas mueran de hambre o no tengan los más mínimos derechos.
La (des)educación se centra en denunciar cómo desde siempre la educación en general contribuye a mantener el orden social sin cuestionarse nada, ya que
[...] la escuela, a lo largo de la historia, no ha dejado de interpretar un papel institucional dentro de un sistema de control y coerción. Una vez que se te ha educado, se te ha socializado ya de una manera que respalda las estructuras de poder que, a su vez, te recompensan generosamente.
Por una parte, Chomsky denuncia la hipocresía de quienes se proclaman liberales y viven sin embargo de la subvención y protección de los estados y de lo poco democrático que es el capitalismo. Por otra, explica cómo la propaganda, instalada en los medios occidentales -sobre todo en Estados Unidos- como una segunda piel, es la única fuente de información a la que acceden los ciudadanos, y cómo desarrolla sus campañas intoxicando y haciendo una lectura del mundo que no se corresponde con la realidad y sí con los intereses de las clases dominantes. Todo ello a través de minuciosos análisis de las crisis centroamericana de los 1980 y del conflicto árabe-israelí.
Dos de las ideas que Chomsky comenta me han llamado mucho la atención. Primero, que la desatención infantil sea causa del fracaso escolar, ya que un demoledor estudio sobre el reducido tiempo que los padres pueden dedicarles, unido la reducción de salarios y a las consecuencias de que a los niños los eduque la televisión así lo indica. Eso me ha llevado a pensar que tal vez los problemas que el informe PISA señala respecto al caso español, no sean de la escuela precisamente, sino más bien de una sociedad que obliga a los padres a no poder atender a sus hijos.
El segundo de los análisis llamativos de este libro hace referencia a la supuesta calidad de los periódicos en Estados Unidos, que sólo se basa en su capacidad para construir la realidad a juego con la de la diplomacia estadounidense. Creo que una de las razones para la crisis de la prensa -y el pánico que eso está generando en las clases ilustradas- estriba en que el público ha descubierto que no necesita de su imagen del mundo y puede construirse una propia, que no tiene porqué coincidir con la de los poderosos.
En resumen, Chomsky escribe un texto provocador y a ratos panfletario -sin que eso sea un demérito-, tan basado en hechos que muchas de las conclusiones ni siquiera se hacen explícitas: el lector las obtiene por su cuenta.

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