lunes, 24 de agosto de 2009

Windy habla, de Lars Gustafsson

No hay más que ir un poco más allá del sueco habitual en los últimos meses para encontrar otros escritores nórdicos con algo más que decir. Puestos a escoger, se puede empezar con Lars Gustaffson y este inquietante y mágico relato de una sola voz titulado Windy habla. Es otra novela breve, de esas que sólo el ojo aparentemente descuidado de un lector que pasea por las estanterías es capaz de encontrar. Si a eso se añade que está editado por una buena editorial de ensayo, poco dada a los experimentos cuando hace incursiones en el campo de la ficción, la bondad del libro está (casi) asegurada.
Windy es una peluquera que vive en una caravana con sus dos hijas gemelas en una ciudad de Texas. Mientras corta el pelo a un catedrático de una cercana universidad, le explica su vida hasta ese momento, la de algunos de los personajes principales de la ciudad que han pasado por sus tijeras y un poco también de la filosofía que la mantiene con vida.
Nada más que un insólito, bien ejecutado y modulado diálogo entre dos personas en el que sólo habla una con lucidez y mordacidad, dejando que sean los hechos y las acciones las que juzguen la época y el momento.
[…] en el fondo, no me siento parte de la humanidad. Sólo soy alguien que está aquí para observar y ver lo que ocurre.
Diálogo que gira en torno a unas pocas anécdotas sobre el juez Caldwel -personaje que aparece en otras novelas de Gustafsson-, el profesor van de Rouwers, un negocio de grasa de hamburguesería, un cazador de ratas...
Con una traducción quizá excesivamente fiel, Windy alterna el lenguaje culto -trabajó en la biblioteca de la universidad- con el de la pobreza del sur de Estados Unidos, sin que el conjunto chirríe lo más mínimo.
Cualquiera puede ir al mundo de ultratumba, decía siempre el profesor van de Rouwers. Es de lo más fácil. Sí, la verdad es que todos vamos antes o después. Pero el arte está en ir y volver. Y tenía toda la maldita razón.
En cierto modo me ha recordado un poco -y salvando las necesarias distancias- el ritmo de Ibsen, esa cadencia que conseguía en la historia, lo que le permitía ir soltando pequeñas perlas entre las frases del relato, no tanto frases muy elaboradas como pensamientos muy elaborados, incontestables. Sin que el relato o la acción se resintiesen lo más mínimo.

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